39.- ¿Que es la acción por falso positivo o por falso negativo?

Suministrar a un paciente un diagnóstico falso puede causarle graves consecuencias físicas, emocionales y financieras. Justamente, la acción en comentario tiene por objetivo resarcir los perjuicios causados por un diagnóstico erróneo. Los casos más frecuentes de falsos diagnósticos se presentan con ocasión a la enfermedad del cáncer. Muchas personas han  sido sometidas a tortuosas quimioterapias, radiaciones e incluso intervenciones quirúrgicas, descubriéndose luego que nunca padecieron la enfermedad diagnosticada.

Ante casos como estos el juez también debe ponderar que el diagnostico proviene de un humano y no de un procesador de datos; por consiguiente, es falible. La Falibilidad significa que nuestra comprensión del mundo en el cual vivimos es intrínsecamente imperfecta. Reconocemos que el hombre se puede equivocar casi como decir, que el ser humano tiene la capacidad intrínseca de razonar[1].

El médico Alberto Agrest, Miembro Titular de la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires nos habla de las condiciones del observador que facilitan los falsos positivos entre las cuales destacamos las siguientes:

a.- De los conflictos de la racionalidad. Las dos racionalidades médicas son: la racionalidad científica, la del menor error posible, y la racionalidad humanística, la del mayor beneficio probable para el paciente. Se trata de prioridades, es inaceptable que para no cometer un error se perjudique al paciente si el error es intrascendente o puede ser reparado ulteriormente sin mayores consecuencias.[2]

b.- De la ambigüedad. Es probable que todos hayamos visto figuras en las que, por momentos, el observador ve una cosa y en otro momento ve otra. Esto no es infrecuente, son las variaciones que ocurren en un mismo observador. Los médicos requieren una conciencia bien clara de esta posibilidad de ambigüedad y valorar las consecuencias de sus conclusiones. Esto solo se corrige si se es capaz de decir: no sé, y no estoy seguro.


Para lo anterior, debe tenerse en cuenta que el riesgo que amenaza siempre al pensamiento, consistente en la posibilidad de llegar a “conclusiones erradas”. Leibniz al respecto nos dice: “Los sentidos externos, hablando con propiedad, no nos engañan. Nuestro sentido interno es el que nos hace caminar demasiado de prisa, y esto se observa igualmente en las bestias, como cuando un perro ladra a su imagen representada en un espejo; porque los animales tienen hechos enlazados de percepción que imitan al razonamiento, y que se encuentran también en el sentido interno de los hombres, cuando éstos obran sólo como empíricos. Pero las bestias nada hacen que obligue a creer que tengan lo que puede llamarse propiamente un razonamiento, como ya he demostrado en otra parte. Ahora bien; cuando el entendimiento emplea y sigue la falsa determinación del sentido interno (como cuando el célebre Galileo creyó que Saturno tenía dos asas), se engaña a causa del juicio que forma del efecto de las apariencias, e infiere de ellas más de lo que realmente llevan consigo; porque las apariencias de los sentidos no nos presentan absolutamente la verdad de las cosas, como no nos la presentan los ensueños. Nosotros somos los que nos engañamos por el uso que de ella hacemos; es decir, por las consecuencias que sacamos.

Esto consiste en que nos dejamos llevar de argumentos probables, y nos sentimos inclinados a creer que los fenómenos que hemos visto muchas veces ligados, lo están siempre. Y así, como sucede de ordinario que lo que nos aparece sin ángulos, no los tiene, creemos fácilmente que siempre es así. Semejante error es perdonable, y a veces inevitable, cuando hay que obrar con prontitud y escoger lo más aparente; pero cuando tenemos tiempo bastante para recogernos, cometemos una falta, si tomamos por cierto lo que no lo es. Así, pues, es cierto que las apariencias son muchas veces contrarias a la verdad; pero nuestro razonamiento no lo es nunca cuando es exacto y conforme a las reglas del arte de razonar. Si por razón se entiende, en general, la facultad de razonar bien o mal, reconozco que nos puede engañar y, en efecto, nos engaña, y que las apariencias de nuestro entendimiento son muchas veces tan engañosas como las de los sentidos; pero aquí se trata del encadenamiento de las verdades y de las objeciones hechas en debida forma, y en este sentido es imposible que la razón nos engañe”[3].

Leibniz cita dos buenos ejemplos para establecer en que forma sacamos falsas inferencias, cuando nos dejamos llevar de la debilidad de nuestros sentidos.

“Cuando una torre cuadrada, dice, nos parece redonda desde lejos, nuestros ojos no sólo deponen muy claramente que nada cuadrado perciben en esta torre, sino también que descubren una figura redonda, incompatible con la figura cuadrada. Puede, por tanto, decirse que la verdad, que es la figura cuadrada, no sólo es superior, sino también contraria al testimonio de nuestra débil vista”[4].

Muchas veces la falsa inferencia no proviene de una debilidad de los sentidos sino de  falta de percepción total de las cosas como cuando:

“el círculo visto de lado se cambia en una especie de óvalo que los geómetras llaman elipse, y algunas veces en parábola o en hipérbole, y hasta en línea recta, como sucede con el anillo de Saturno”[5].

Por ello una de las formas de aminorar la posibilidad de diagnósticos equivocados es a través del filtro del auto reconocimiento de la falibilidad de los razonamientos.


[1] Raúl Arturo Sánchez Irabu. La Falibilidad.

[2] Alberto Agrest. EDITORIAL. Los falsos positivos en medicina. Medicina (Buenos Aires).versión ISSN 0025-7680. Medicina (B. Aires) vol.72 no.2 Ciudad Autónoma de Buenos Aires mar./abr. 2012

[3] GOTTFRIED W. LEIBNIZ. Teodicea. Ensayos Sobre la Bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal. Edición electrónica de www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS. Pág. 54.§ 65

[4] Ibídem.

[5] Ibídem.

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